Debatiendo sobre el fenómeno ‘Paquita Salas’ con Javier Calvo, Javier Ambrossi y Brays Efe en el ‘Screen TV’ de Málaga

La gran sala del Cine Albéniz de Málaga llena. Hasta los topes. Todo el público expectante. Pero ni siquiera hay proyección de ninguna película. La legión de público ha acudido para escuchar a Javier Calvo, Javier Ambrossi y Brays Efe. Bueno, y aguantarme a mí, pues me encargaron moderar este encuentro sobre el fenómeno de Paquita Salas, enmarcado dentro del Screen TV que celebra el Festival de Málaga cada año. No defraudó, fue interesante y entretenido. Jugamos y aprendimos con esta charla en el que, una vez más, me percaté de que la fórmula del éxito de Los Javis, y también la de Brays, se sustenta en una apasionada ilusión que mantienen sin fisuras. Tienen talento, obvio, tienen el valor añadido de la cultura pop, obvio, saben mirar a su alrededor con una curiosidad apasionada, obvio, pero, además, confían en sí mismos relativizando todo y, al mismo tiempo, con una seguridad que todo piensa en grande. Y esos ‘todos’ son inspiradores. Y eso les da un supercalifragilisticoespialidoso impulso para conseguir lo que se propongan.

Gracias a Cristina Consuegra y el Festival de Málaga por confiar en mi trabajo en estos coloquios con protagonistas tan interesantes y tan relevantes para la historia de nuestro escenario de cultura audiovisual.

Lo que sentí en Los40 Music Awards

Este viernes estuve en Los40 Music Awards. “Son los MTV españoles”, escuchaba. Pero, en realidad, Los 40 Principales llegaron mucho antes que MTV. Lo que nació como un programa de la SER en los años sesenta se terminó convirtiendo en una emisora y, en tiempos transmedia, ha sabido crecer hacia una marca global con muchas posibilidades. Su éxito: Los 40 sigue pulsando los ritmos de nuestra sociedad, la nuestra. Y lo hace desde esa óptica joven, pero que traspasa edades. Es la sensación que viví en una fiesta de premios que disfruté sin tregua. Cosa difícil en una ceremonia de premios, por otro lado. Será porque Los40 Music Awards no se quedan en el cliché de una ceremonia de premios y apuestan por un concierto de hits transversales que nos representan. De Pablo López, dejando de lado su piano para escuchar a todo el Palacio de Deportes cantar su ‘Patio’, a Dua Lipa o Rosalía demostrando que están en su “momento”. Y yo me sentí partícipe de su momento. Me sentí partícipe de la fiesta. De vivirla, y sentirla desde dentro. Porque eso siempre fue Los 40. Eso conseguía Joaquín Luqui: hacernos partícipes de las tendencias de la música a través de la complicidad de la radio, que siempre tuvo un punto de interactividad imaginativa. Aunque no existiera ni el hashtag de Twitter ni las stories de Instagram.

Ataque de risa en los Premios Iris

Lo mejor que te puede pasar en una gala de los Premios Iris es que te toque cerca de Belén Cuesta. Véase la foto que hice. Aunque, un año más, la ceremonia de premios mainstream de la Academia de la Televisión no supo hacer de sus deficiencias una virtud y pecó de ser un protocolario punto de encuentro de tópicos y lugares comunes -también por parte de los premiados-. Todo impregnado de un tono excesivamente institucionalista, lo que propicia un evento tan previsible y vacío que no es interesante ni relevante ni trascendente, ni siquiera para los propios asistentes -no nominados- que acuden a la cita por compromiso y, si tal, por hacer contactos. Justo lo contrario que hago yo en estos saraos, donde termino escondido detrás de una columna o, en su defecto, diciendo algo de lo que después me arrepiento si me encuentro a alguien de postín. Es lo que tiene ser un tímido nervioso que se disfraza del extrovertido que controla la situación. Pero no, no la controlo. Aunque, con el tiempo, me he dado cuenta que quizá no hay que controlarlo todo. De hecho, lo mejor de la noche fue esa espontaneidad incontrolable. Sucedió cuando, en pleno de uno de esos solemnes agradecimientos, se proyectó de golpe y sin venir a cuento un plano de la cara en directo de Belén Cuesta en la pantalla GIGANTE de la sala de cine de Kinépolis, en donde se estaba realizando la gala. Entonces, Belén se vio y se asustó. Obvio. Su espontaneidad propició un ataque de risa… de ella misma, que intentaba disimular. Pero nadie quitaba su plano de reacción del pantallón, mientras la premiada seguía agradeciendo su galardón -contando algo que pintaba muy serio- y Cuesta intentaba disimular el asomo de una carcajada, que se contagió a Los Javis e incluso a mi mismo. Y me dejé llevar, claro. Fue lo más disfrutable de la noche. La corrosión de la espontaneidad estaba ganando a la parafernalia del protocolo de lo obvio. Esa autenticidad sí representa a nuestra mejor televisión, y eso deberían ser los Premios Iris.

Los referentes, Ana Pastor y la Universidad

La televisión un día olvidó que periodista es aquel que no tiene miedo a despeinarse. No Ana Pastor, que se mueve, pregunta, repregunta, autopregunta, arriesga y aprende de referentes. De esto, de inspiradores referentes, entre otras visiones periodísticas, habló Pastor esta semana en una charla por y para los alumnos de la Universidad Carlos III. Por eso mismo, acudí hasta Getafe para vivir in situ la charla. Porque quería ver su trabajo explicado en ese contexto universitario. Quizá porque tengo en común con ella cierta obsesión por entender las situaciones sin obviar sus contextos y avanzar sin perder el enriquecedor contacto con las que ya van siendo nuevas generaciones. El trabajo que está dirigiendo Pastor en su startup Newtral lo demuestra. Se podía haber quedado en abrir una productora televisiva al uso y ha fundado una factoría de contenidos con la flexibilidad creativa y periodística que demandan los tiempos que vienen. Porque la creatividad y el periodismo no son dos departamentos estancos que viven en mundos separados y opuestos. Al contrario, y no es nada nuevo, la creatividad y el periodismo son indestructibles cuando se fusionan con soltura. Mejor aún si tienen referentes, claro. Referentes que te aportan, que te hacen pensar, que incluso te ilusionan. Para mí, Ana Pastor es un referente. Los alumnos de la Carlos III, también.

 

Reflexionando sobre Mercero en la Fundación Telefónica (con el móvil en la mano, claro)

La televisión nos ha vuelto a reunir en el auditorio del Espacio Telefónica. En esta ocasión para analizar la carrera de Antonio Mercero, maestro del retrato de la ingenuidad social de esta España nuestra a través de la ficción en primer plano. Del terror con lo cotidiano de La Cabina al maravilloso mundo de los personajes secundarios de Farmacia de Guardia, esas gentes que mueven la sociedad sin aparecer en el Telediario. Sin olvidar, las vacaciones en las que el país entró en la edad del pavo de su democracia en aquel Verano Azul del sentimiento universal. De eso, y más, hablamos en este emblemático lugar de la Gran Vía, que se ha transformado en un epicentro de innovación, debate e ideas en perspectiva. Aprendiendo del pasado, construyendo el futuro. Y haciéndolo de una manera accesiblemente entretenida para todos los públicos. Eso debe ser una fundación atenta a su tiempo. Y ese es el derrotero que está asumiendo el Espacio Telefónica. Un espacio donde no es tabú mirar el móvil durante la charla (vale, me pillaron en la foto) porque los usuarios te escriben en directo para preguntarte y aportarte. Eso también son los nuevos tiempos, en los que no hay tantos corsés como antaño, en los que las conferencias no tienen que padecer viejos protocolos de conferencias. Un honor, pues, pasar por allí. En esta ocasión, como ponente. Pero, habitualmente, como eterno aprendiz escondido en el patio de butacas. Con este acto, dentro del programa Hay vida en martes, cierro también mi particular temporada laboral, que ha sido muy gratificante a nivel profesional y personal. Tanto en mi trabajo de divulgación de la televisión a diario en La Información, como en la Universidad o en los Congresos que he colaborado. Y empiezo mis vacaciones sorprendiéndome a mi mismo porque, después de muchos años y en un panorama televisivo atascado, me voy efervescentemente porque estoy ilusionado con las emociones que esperan a partir de septiembre. Aprenderemos juntos, fijo. E incluso hasta puede que nos equivoquemos, pero sólo para seguir aprendiendo, ¿eh?. Corto, que me sube la intensidad a la cabeza.

Último día en Cope

Hace cinco años crucé por primera vez esta puerta de Cope. No vine solo, me acompañó un amor imposible, de esos que se cruzan en tu camino para enseñarte sin darte cuenta, acompañarte sin darte cuenta, inspirarte sin darse cuenta. Aquel día, que me acerqué como invitado a un programa, no sabía que me quedaría como colaborador, primero en La Mañana con Javi Nieves y María de Meer y, en esta última temporada, haciendo lo propio con Rosa Rosado a las tantas de sus madrugadas. Tarde, muy tarde. Cinco años soltándome en la radio: como dice mi abuela, ya no hablo tan rápido, ya soy más yo, a pesar de todo. Con el tiempo, me he quitado muchos prejuicios con la emisora y la gente que, con su trabajo diario, la hace posible. Y hoy, justo cuando se cumplen cinco años de la primera vez que crucé esta arqueada puerta, salgo de nuevo por ella. He hecho esta foto de recuerdo, para Instagram. Y, en ese instante, me he dado cuenta de que al otro lado del arco ya no hay nadie esperándome. Dramático yo. Pero, ahí, plantado, me he reído de mi mismo y, a la vez, me he ilusionado por seguir sintiendo para poder seguir creciendo. Septiembre promete.

Cuando enseñas tus correos a toda la Facultad

Vale, no me percaté. Abrí mi correo y el escritorio del ordenador ya estaba siendo proyectado en la pantalla del auditorio de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla. Los alumnos no dudaron en inmortalizar el momento. Algunos, después, reconocieron que hicieron zoom. Por suerte, no tenía ningún correo comprometido. De hecho, mi mail suele ser muy aburrido. Con mucho spam y poca epístola de amor. Así que fue mucho más interesante la clase sobre la nueva era de los contenidos televisivos, dónde va a parar.

Lluís y el miedo a lo imprevisible

Todo lo que somos es también gracias a los amigos que nos encontramos en el camino. Como Lluís, que apareció por sorpresa para recitar un poema en la radio y, al final, se quedó. Su talento sin complejos hacía crecer el programa y, poco a poco, me di cuenta que su forma de mirar el mundo también me estaba haciendo crecer a mí. Poeta, autor teatral, director creativo de una agencia de publicidad, co-letrista de Lo Malo… es difícil resumir en un rótulo la profesión de Lluís Mosquera. Porque es de esas personas que son tan creativas que son complicadas de etiquetar en un mundo en el que, por suerte, las etiquetas cada vez son menos importantes. También eso me inspira de Lluís, su manera de romper clichés o, mejor aún, imaginar anti-clichés que definen las realidades cotidianas que nos unen más allá de sexualidades, razas o prejuicios. Eso lo consigue con su libro Mi poemario debería estar en todas las casas, que ha publicado Hidroavión y que, estas semanas, está presentando en diferentes ciudades. Bueno, y yo con él, pues además de prologuista orgulloso de esta obra, me he tirado a la piscina de acompañar a Lluís en este tour experimento para explicar su publicación pero, también, hablar de los daños y aprecios colaterales del universo millennial. O como se diga. Ya hemos estado en Madrid con Carolina Iglesias (Percebes y Grelos), en Sevilla con Ricky Merino y en Valencia con María Juan (en la foto de arriba, después de que Lluís tuviera que explicar en público a su padre qué era un bukake). He disfrutado muchísimo cada presentación. Ninguna de las charlas se ha parecido a otra. Quizá porque Lluís y yo tenemos un detallito en común: no tenemos ningún miedo a lo imprevisible.

En ‘Millenium’ de TVE

Eurovisión ha conseguido reunirnos a Toñi Prieto, Manuel Martos, Barei y un servidor en el programa de Ramón Colom, Millenium. Un formato-oasis de La 2 que lo mismo realiza una masterclass sobre el universo Hawking que se sumerge en el rescate bancario o termina hablando del Chikilicuatre. Y tuve que ser yo el que sacara este simpático tema. Había que hacerlo, lo sabéis. Al principio, en un estudio de televisión tan pretendidamente serio, tan pretendidamente silencioso y con las sillas tan pretendidamente separadas me sentí un poco intruso. Pero creo que pudimos aportar algunos argumentos constructivos que definen la historia de una competición musical entre televisiones europeas que se ha terminado convirtiendo en todo un fenómeno viralosocial. Un estatus que Eurovisión ha alcanzado gracias a su habilidad para ir por delante en creatividad, en tecnología y, no menos importante, en aprovechamiento de las nuevas ventanas de consumo, donde las redes sociales son cruciales para potenciar la expectación de la emisión televisiva tradicional. Explicar todo esto delante de Ramón Colom, que dirigió una brillante etapa de TVE, acongoja. No me lo tengáis en cuenta y recordadme que planche los pantalones la próxima vez que vaya a la tele. Bueno, sólo si es La 2.

Crisis existenciales

La televisión pasa por una crisis existencial. Vamos, que la televisión está como yo, en una especie de regeneración en busca de su sitio. Pero que nadie se asuste, pues (la televisión) encontrará su ubicación perfecta, claro que la encontrará. Es más, esta mutación servirá a los contenidos televisivos para ser más fuertes, más diversos y más coherentes con los hábitos del espectador. De esto mismo hablé en el Santander Social Weekend, que organiza El Diario Montañés y en el que participé con la ponencia “¿Internet mató la TV? Los nuevos consumos y la catarsis televisiva”. Una charla en la que intenté desgranar fortalezas y debilidades de la televisión de hoy, aprendiendo de la historia de la radio, la prensa en papel, la propia televisión y mi extraña relación con la ciudad en la que nací. De hecho, este encuentro fue también especial para mí porque supuso el regreso a mi ciudad, Santander, aunque curiosamente cada vez me sienta más forastero y extraño en ella. Esto habrá que remediarlo.