Aprendiendo en el récord Guinness de radio de la Universidad Rey Juan Carlos

Los alumnos de la Universidad Rey Juan Carlos, con el cómico Tito Rafa al frente, están completando el récord Guinness del programa de radio más largo de la historia. 84 horas sin parar. Y (casi) sin dormir. Y allí, en el salón de actos de la Universidad, hemos estado José Miguel Contreras, Carmen Caffarel y un servidor participando en este maratón hertziano que también se puede ver, en directo, a través de Youtube. A nosotros, claro, nos ha tocado la parte de televisión. No podía ser de otra manera. Con Caffarel -que dirigió RTVE- y con Contreras -que ha hecho de todo en el medio, incluso ser uno de los impulsores de La Sexta- intercambiamos ideas sobre el modelo de televisión pública, sobre la situación de las privadas y, por supuesto, reflexionamos sobre la evolución y porvenir de esos medios en los que tendrán que trabajar los alumnos de la Facultad de Comunicación de la Rey Juan Carlos. Pero, mientras disecionábamos la tele ante la atenta mirada de los estudiantes -y de mi madre y mi abuela que estaban viéndolo en Youtube-, personalmente, también recordé -ahora es cuando me pongo un poco intenso- la oportunidad que estoy teniendo en estos años de aprender junto a los mejores profesionales de los medios. Porque, quizá, de lo mejor que está teniendo mi desarrollo profesional, ya sea en los artículos diarios en Lainformacion.com, en mis participaciones semanales en radio o en las clases, talleres o conferencias que imparto en la Universidad, es que sigo aprendiendo. Todo el rato. De los compañeros, de los alumnos, de los lectores, de los oyentes, de los espectadores o, como se dice ahora, de los usuarios. Palabra que, por cierto, es tan fría que me horroriza.

Ya puedo poner en el currículum que he sido colaborador de ‘Julia en la Onda’

Ya puedo poner en el currículum que he sido colaborador del programa Julia en la Onda. Nunca me había planteado tal cosa, pero esta misma cosa me impresiona. Porque debo confesar que descubrí la radio gracias a Julia Otero y su equipo con profesionales como Carmen Juan o Joan Quintanilla, entre tantos otros. Entonces, el programa se llamaba La Radio de Julia y, para un adolescente que estaba asistiendo a una televisión en la que parecía que ya sólo funcionaba el corazoneo, este formato me despertó la inquietud radiofónica y me demostró que eran posibles alternativas competitivas, creativas y auténticas. Pero esto ya lo he repetido muchas veces, lo que no he valorado tanto es la oportunidad que estoy teniendo en estos años de aprender con mi paso por diferentes emisoras de radio y sus distintos presentadores. Cada cadena es un universo y, a veces, es difícil encontrar la química. Más aún cuando mi máxima es: aquí hemos venido a jugar. Y en Julia en la Onda he podido jugar. Y, encima, con tiempo suficiente para explicar la televisión con cierta chicha –puedes escuchar las secciones aquí-. Y, encima, he podido sentir aquello que fantaseaba de adolescente: cuando me imaginaba cómo caminaban hacia la radio los colaboradores del programa entre la diversidad cultural de Las Ramblas. Lo que jamás imaginé es que, veinte años después, lo iba a plasmar en una red social llamada Instagram.

El camino a #JuliaenlaOnda

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Escudriñando ‘Historias de la tele’ en la Fundación Telefónica

A la última gala de los Premios Talento de la Academia de la Televisión llegué con demasiada antelación. Y no fue ninguna casualidad. La realidad es que la ceremonia se celebraba en el Ateneo de Madrid y quería aprovechar la convocatoria para ver este emblemático (y rococó) lugar. Manos a la obra: mientras los invitados posaban en el photocall, me puse a abrir puertas  y más puertas para ver las salas y, de paso, hacer alguna foto de esas que uno intenta hacer como si fuera artista.

En una de esas aperturas de puertas, me encontré a María Casado en paños menores. Pegué un gritito y escapé creyéndome que estaba disimulando muy bien. Pero no, María me había pillado y me llamó, que viniera, que no pasaba nada, que quería comentarme algo. Dicho y hecho, regresé a ese camerino improvisado y, a la vez que colocaban el micro a la periodista -que estaba allí porque iba a presentar el acto-, me contó que estaba preparando un libro sobre ‘Historias de la tele’. Nos intercambiamos teléfonos y, meses más tarde, me pidió que presentara sus ‘Historias de la tele’, que así se llama el libro, en su puesta de largo en el auditorio de la Fundación Telefónica. Mi auditorio favorito de Madrid porque cada butaca cuenta con un enchufe para que carguemos el móvil, y mi batería se esfuma todo el rato.

La presentación de ‘Historias de la tele’ fue un éxito de asistencia. Entre el público, reconocí a mucho apasionado seguidor de la tele. Bueno, y a Jesús Mariñas, que allí también estaba. Un acto que supuso, además, el reencuentro de María con David Cantero, con el que presentó el Telediario de TVE. Pero, sobre todo y como no podía ser de otra manera, en esta cita tuvimos oportunidad de escudriñar muchas historias (de la tele, claro). El acto lo podéis ver en vídeo aquí, recordadme que me compre una americana de mi talla.

Lo que aprendí de un ensayo con Raffaella Carrá

Hace un año tuve la oportunidad de colaborar con Tinet Rubira y su equipo de Gestmusic en la gala de los 60 años de TVE. Mi cometido era algo así como asesorar en lo que se refería al archivo de la gran, innovadora, arriesgada y, a veces, olvidada fructífera historia de nuestra cadena pública. Incluso me peleé con un carro lleno de cintas, en las entrañas del archivo de Prado del Rey. Allí, en el corazón de la televisión española, tuve la oportunidad de descubrir ediciones completas del mítico Escala en Hi-Fi o indagar en lo que hacía María Teresa Campos en las pausas publicitarias de Pasa la vida. Aunque lo más flipante fue ver trabajar de cerca a Raffaella Carrá. Una de las mejores presentadoras que hemos tenido en España, probablemente porque siempre ha contado con la mejor cualidad de la artista todoterreno en un plató de TV: ser escrupulosamente responsable y, al mismo tiempo, tener un punto de imprevisible travesura. Por eso, tal vez, siempre me gustó tanto desde pequeñito. Porque Raffaella juega, aprende e incluso no teme en dar rienda suelta a su humor negro, que da en la diana de la inteligencia cómplice del espectador.

A nivel personal, no estaba muy bien en esos días de grabación de la gala. Estaba ciertamente trastornado porque un pilar que consideraba de mi vida me había decepcionado. O, lo que es lo mismo, tal vez me habían roto el corazón aunque me resistía a admitirlo. Pero, ahí, en ese gran decorado de una gala de mi querida TVE, recordé la importancia de relativizar y disfrutar de todas las oportunidades que se me están presentando en el camino fruto del trabajo tan constante y, a veces, hasta absorbente que he realizado en los últimos años. Relativizar y disfrutar, como hacía Raffaella en esa gala que había aceptado presentar y en la que demostraba exprimir el momento, aunque no fuera con ella. Me apasionó eso. Porque Raffaella no es de esas presentadoras que cuando la cámara no enfoca cambia su rostro y huye hacia algún lugar. No, Raffaella es de esas profesionales que vive hasta los ensayos de los demás. De hecho, yo no pude evitar inmortalizarlo con mi móvil. pues me pareció una gran lección para la historia de la televisión y lo que no es la televisión: ella se quedaba a los pies del escenario para ver la preparación del resto de los artistas. Les escuchaba, les observaba  y hasta bailaba sus temas con una ilusión de primeriza en un plató. Lo vivía, lo sentía, lo disfrutaba.

De Raffaella hay que aprender que la televisión se debe disfrutar, sentir y vivir mientras se hace. Y se ensaya.

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Pues eso. Desde entonces, bailo más en los ensayos de mis aciertos y mis errores cotidianos. Incluso intento no frenar mi sarcasmo cada día. Aunque, bueno, en mi caso, nadie entienda mi humor negro. Tal vez no tengo el punto de la corrosión italiana de Raffaella. Pero ya para siempre podré fardar de haber salido en un crédito de uno de sus programas.  Es lo más cerca que estaré nunca en una pantalla de un icono pop llamado Raffaella Carrá.

Lo que me descubrió mi abuela de Julia Otero

“Mira a esta presentadora”, me dijo un día mi abuela, Arselina, mientras comíamos: “su forma de mirar, su forma de preguntar e incluso su forma de coger las tarjetas… es especial”, añadió. Se estaba refiriendo a Julia Otero que por aquel entonces se había estrenado al frente de un magacín-concurso llamado 3×4. Más de 25 años después, mi abuela no recuerda que dijo tal cosa, pero a mí se me quedó marcada en la memoria su descripción del carisma televisivo, descripción que tantas veces me ha servido en mi trabajo. Gracias a mi abuela, empecé a mirar la tele de otra manera y, de ahí, también surgió un vínculo referencial con Julia Otero que me llevó a descubrir, poco tiempo después, la radio. La mejor radio. Lo reconozco, durante la carrera, llegué a tener colgado en mi cuarto de la Residencia de Estudiantes un póster de Julia Otero. Vestida con traje de chaqueta, por supuesto. Un póster promocional de su espacio en Onda Cero, La Radio de Julia, en el que se recordaba la importancia de creer en la inteligencia del espectador. Otra máxima que me ha ido acompañando en mis vaivenes profesionales en estos años. Hace unos días, me invitaron a participar en Julia en la Onda. Me dio vértigo por la carga sentimental, pero lo disfruté como la primera vez que hablé en la radio y porque, al otro lado del transistor, sabía que estaba mi abuela -orgullosa- escuchando.

Se me acercó una persona

El otro día, al final de un acto, se me acercó una de las personas que más admiro de la televisión, de su presente y de su historia. Me puse nervioso. “Está mirando hacia aquí”, pensé. Entonces, entonó mi nombre y un “me ha reconocido” resonó en mi cabeza. Nos dimos un tímido abrazo y, de repente, me dijo entusiasta que seguía “mucho mi trabajo”. “No, soy yo el que sigo mucho tu trabajo”, respondí. Me sentí en el mundo al revés. Me hice muy muy muy pequeño y, en ese instante, me vi a mí mismo de adolescente imaginado gracias a su forma de entender, hacer y crear televisión. Ahí me di cuenta de que, en eso, no he cambiado tanto.

Detrás de Calimero

Nunca sale en fotos, pero yo le he robado una. Y ha sido en la puerta de un estudio de televisión. No podía ser de otra manera, porque a Calimero y a mí nos gusta caminar juntos por la ciudad: hablando de tele, delirando sobre la crisis de los 35, comiendo chocolate y, sobre todo, buscando (y encontrando) platós. Platós grandes o pequeños, nuevos o viejos, reales o imaginarios. Twitter nos unió. Virtualmente me parecía un personaje antipático, demasiado hater y algo cabezota. Un eurofanático con el seúdonimo de Calimero. Pero, el día que tuve la puñetera suerte de conocerle, me di cuenta de que era una persona diferente, un profesional del medio con grandes ideas de las que aprender. Arquitecto, especializado en escenografía, su trabajo será un salvavidas para la televisión más creativa. La tele necesita gente con su talento, perseverancia y visión. Mientras llega el momento de ese gran salto, yo sigo aprendiendo de él. Ahora sólo me falta dejar de decirle Calimero y empezar a llamarle por su nombre, Javi.

Nos pusimos como motos, con la birra y los canutos

La calle Relatores de Madrid esconde el portal en el que habita Sabina. No es ningún secreto, su casa fue epicentro cultural de la otra movida madrileña. Cuando paso por ahí, que paso mucho, miro siempre hacia esta característica puerta de madera y pienso “y si saliera ahora Sabina”. He crecido con su voz, sus canciones y, sobre todo, sus letras. Joaquín Sabina ha sido, durante años, la banda sonora del radiocasette extraíble del coche de mi familia. Y yo, desde el asiento de atrás, me aprendía todas las canciones sin entender muy bien su significado. Incluso las bailaba. Porque yo no cantaba éxitos de Parchís, Miliki o Bom, bom, chip. Yo entonaba a todo volumen: “Nos pusimos como motos, con la birra y los canutos, se cortaron de meterse algo más fuerte; nos hicimos unas fotos de cabina en tres minutos… parecemos la cuadrilla de la muerte”. Las señoras santanderinas no miraban del todo bien a mi madre.

Ponte en la foto, eres uno de los nuestros

Ponte en la foto, eres uno de los nuestros. Me soltó Loreto Pérez, del equipo de Prointel, la primera productora creada en la televisión en España, la productora de Chicho Ibáñez Serrador. Y me puse en la foto, claro. Aunque ya sabéis que yo no sé posar en las fotos. Más aún si estoy con gente a la que respeto. Pero posé. Incluso sonreí. Un poquito, sin pasarse, con lo que yo desconfío de la gente que ríe intensa en las fotos. Pero, esta vez, me salió media sonrisa. Tal vez de felicidad. Tal vez porque aún estaba levitando, pues acababa de ver El hombre que vendió su risa, obra con la que un desconocido Serrador conquistó a los responsables de TVE a principios de los sesenta. Y a mí, de nuevo, me conquistó el maestro de la creatividad fantástico-realista. Una vez más, Chicho Ibáñez Serrador me hizo pensar. Y, siete días después, sigo pensando.

[[mi reseña sobre ‘El hombre que vendió su risa’ en lainformacion.com]]

Al final del túnel esperé a Gabilondo

Al final de este túnel esperé a Gabilondo. Venía a grabar una entrevista para unas píldoras que salpicaban la gala musical de celebración de los 60 años de TVE, en la que colaboré el pasado año. Ahí estaba yo, en el ajado pasillo de un plató escondido en el corazón de Chamberí, aguardando la llegada del maestro de periodistas. Y llegó. Y fui en su búsqueda. Y, entonces, viví una estampa que no olvidaré fácilmente, pues describe lo que significa Gabilondo para esta España nuestra. Inaudito, el taxista salió del taxi para despedir a su cliente y, como colofón, le dio un apretón de manos con una transparente emoción que desprendía respeto y admiración. Había conducido para Iñaki, Iñaki Gabilondo.