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septiembre 2017

Se me acercó una persona

El otro día, al final de un acto, se me acercó una de las personas que más admiro de la televisión, de su presente y de su historia. Me puse nervioso. “Está mirando hacia aquí”, pensé. Entonces, entonó mi nombre y un “me ha reconocido” resonó en mi cabeza. Nos dimos un tímido abrazo y, de repente, me dijo entusiasta que seguía “mucho mi trabajo”. “No, soy yo el que sigo mucho tu trabajo”, respondí. Me sentí en el mundo al revés. Me hice muy muy muy pequeño y, en ese instante, me vi a mí mismo de adolescente imaginado gracias a su forma de entender, hacer y crear televisión. Ahí me di cuenta de que, en eso, no he cambiado tanto.

Detrás de Calimero

Nunca sale en fotos, pero yo le he robado una. Y ha sido en la puerta de un estudio de televisión. No podía ser de otra manera, porque a Calimero y a mí nos gusta caminar juntos por la ciudad: hablando de tele, delirando sobre la crisis de los 35, comiendo chocolate y, sobre todo, buscando (y encontrando) platós. Platós grandes o pequeños, nuevos o viejos, reales o imaginarios. Twitter nos unió. Virtualmente me parecía un personaje antipático, demasiado hater y algo cabezota. Un eurofanático con el seúdonimo de Calimero. Pero, el día que tuve la puñetera suerte de conocerle, me di cuenta de que era una persona diferente, un profesional del medio con grandes ideas de las que aprender. Arquitecto, especializado en escenografía, su trabajo será un salvavidas para la televisión más creativa. La tele necesita gente con su talento, perseverancia y visión. Mientras llega el momento de ese gran salto, yo sigo aprendiendo de él. Ahora sólo me falta dejar de decirle Calimero y empezar a llamarle por su nombre, Javi.

Nos pusimos como motos, con la birra y los canutos

La calle Relatores de Madrid esconde el portal en el que habita Sabina. No es ningún secreto, su casa fue epicentro cultural de la otra movida madrileña. Cuando paso por ahí, que paso mucho, miro siempre hacia esta característica puerta de madera y pienso “y si saliera ahora Sabina”. He crecido con su voz, sus canciones y, sobre todo, sus letras. Joaquín Sabina ha sido, durante años, la banda sonora del radiocasette extraíble del coche de mi familia. Y yo, desde el asiento de atrás, me aprendía todas las canciones sin entender muy bien su significado. Incluso las bailaba. Porque yo no cantaba éxitos de Parchís, Miliki o Bom, bom, chip. Yo entonaba a todo volumen: “Nos pusimos como motos, con la birra y los canutos, se cortaron de meterse algo más fuerte; nos hicimos unas fotos de cabina en tres minutos… parecemos la cuadrilla de la muerte”. Las señoras santanderinas no miraban del todo bien a mi madre.

Ponte en la foto, eres uno de los nuestros

Ponte en la foto, eres uno de los nuestros. Me soltó Loreto Pérez, del equipo de Prointel, la primera productora creada en la televisión en España, la productora de Chicho Ibáñez Serrador. Y me puse en la foto, claro. Aunque ya sabéis que yo no sé posar en las fotos. Más aún si estoy con gente a la que respeto. Pero posé. Incluso sonreí. Un poquito, sin pasarse, con lo que yo desconfío de la gente que ríe intensa en las fotos. Pero, esta vez, me salió media sonrisa. Tal vez de felicidad. Tal vez porque aún estaba levitando, pues acababa de ver El hombre que vendió su risa, obra con la que un desconocido Serrador conquistó a los responsables de TVE a principios de los sesenta. Y a mí, de nuevo, me conquistó el maestro de la creatividad fantástico-realista. Una vez más, Chicho Ibáñez Serrador me hizo pensar. Y, siete días después, sigo pensando.

[[mi reseña sobre ‘El hombre que vendió su risa’ en lainformacion.com]]

Al final del túnel esperé a Gabilondo

Al final de este túnel esperé a Gabilondo. Venía a grabar una entrevista para unas píldoras que salpicaban la gala musical de celebración de los 60 años de TVE, en la que colaboré el pasado año. Ahí estaba yo, en el ajado pasillo de un plató escondido en el corazón de Chamberí, aguardando la llegada del maestro de periodistas. Y llegó. Y fui en su búsqueda. Y, entonces, viví una estampa que no olvidaré fácilmente, pues describe lo que significa Gabilondo para esta España nuestra. Inaudito, el taxista salió del taxi para despedir a su cliente y, como colofón, le dio un apretón de manos con una transparente emoción que desprendía respeto y admiración. Había conducido para Iñaki, Iñaki Gabilondo.

Enérgica Paula

Se llama Paula Hernández García, aunque en un incontrolable ataque creativo decidió rebautizarse como Paula Hergar. Sí, Her(nández)-Gar(cía). Nombre artístico compuesto, al estilo de un buen bar de barrio de los setenta, para una compañera de Vertele que vino un día como invitada a un programa de radio que hacíamos y terminó quedándose. Quedándose para siempre, pues yo no pienso dejar escapar la refulgente energía que siembra Paula allá por donde pisa. Ella que no coge el micrófono como el resto, ella que no pregunta como los demás, ella que se tira de cabeza a las ideas que se nos ocurren, ella que ejemplifica el tener actitud. Esa es la palabra, actitud. Y con su actitud se comerá el mundo. Ya lo hace en Vertele, en Los 40 Principales, en nuestras Historias de la tele y, desde mañana, lo hará con Nuria Roca, en TV3. Con Paula cerca, la vida es más efervescente. Y ya si aprendemos de su actitud, seremos la repanocha.

Abrázame fuerte

Se apagan las luces del Teatro Principal. El público espera la proyección de una nueva serie de Televisión Española. Estoy Vivo, se llama. El telón se abre. Pero ni rastro de la serie. Hay un piano. Hay un músico. Está Pau Donés. “Ahora, que empiezo de cero. Que el tiempo es humo, que el tiempo es incierto. Abrázame fuerte, amor te lo ruego. Por si esta fuera la última vez”, interpreta. Estamos viviendo (y sintiendo) la más emocionante y sensible apertura de la historia del Festival de Televisión de Vitoria. El tiempo es humo.

Abrázame fuerte.

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Mientras duermes

Hoy me estreno en la radio nocturna. Será tarde, muy tarde. Será con Rosa Rosado, que se pone al frente de La Noche de Cope en los viernes. Aunque la pregunta realmente crucial en mi existencia es: cómo se habla de tele en la radio de altas horas de la madrugada sin sobresaltar a ese dulce oyente que duerme con el transistor debajo de la almohada. Tal vez deba poner voz susurrante. Quizá deba sacar mi lado más libidinoso. O simplemente deba buscar la Cristina Tárrega que todos llevamos dentro. Ejem. No sé, de momento, trataré de ser yo mismo. O, al menos, como siempre, intentarlo. Y, si no me sale, ya probaré a poner voz susurrantemente libidinosa.