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diciembre 2017

Escudriñando ‘Historias de la tele’ en la Fundación Telefónica

A la última gala de los Premios Talento de la Academia de la Televisión llegué con demasiada antelación. Y no fue ninguna casualidad. La realidad es que la ceremonia se celebraba en el Ateneo de Madrid y quería aprovechar la convocatoria para ver este emblemático (y rococó) lugar. Manos a la obra: mientras los invitados posaban en el photocall, me puse a abrir puertas  y más puertas para ver las salas y, de paso, hacer alguna foto de esas que uno intenta hacer como si fuera artista.

En una de esas aperturas de puertas, me encontré a María Casado en paños menores. Pegué un gritito y escapé creyéndome que estaba disimulando muy bien. Pero no, María me había pillado y me llamó, que viniera, que no pasaba nada, que quería comentarme algo. Dicho y hecho, regresé a ese camerino improvisado y, a la vez que colocaban el micro a la periodista -que estaba allí porque iba a presentar el acto-, me contó que estaba preparando un libro sobre ‘Historias de la tele’. Nos intercambiamos teléfonos y, meses más tarde, me pidió que presentara sus ‘Historias de la tele’, que así se llama el libro, en su puesta de largo en el auditorio de la Fundación Telefónica. Mi auditorio favorito de Madrid porque cada butaca cuenta con un enchufe para que carguemos el móvil, y mi batería se esfuma todo el rato.

La presentación de ‘Historias de la tele’ fue un éxito de asistencia. Entre el público, reconocí a mucho apasionado seguidor de la tele. Bueno, y a Jesús Mariñas, que allí también estaba. Un acto que supuso, además, el reencuentro de María con David Cantero, con el que presentó el Telediario de TVE. Pero, sobre todo y como no podía ser de otra manera, en esta cita tuvimos oportunidad de escudriñar muchas historias (de la tele, claro). El acto lo podéis ver en vídeo aquí, recordadme que me compre una americana de mi talla.

Lo que aprendí de un ensayo con Raffaella Carrá

Hace un año tuve la oportunidad de colaborar con Tinet Rubira y su equipo de Gestmusic en la gala de los 60 años de TVE. Mi cometido era algo así como asesorar en lo que se refería al archivo de la gran, innovadora, arriesgada y, a veces, olvidada fructífera historia de nuestra cadena pública. Incluso me peleé con un carro lleno de cintas, en las entrañas del archivo de Prado del Rey. Allí, en el corazón de la televisión española, tuve la oportunidad de descubrir ediciones completas del mítico Escala en Hi-Fi o indagar en lo que hacía María Teresa Campos en las pausas publicitarias de Pasa la vida. Aunque lo más flipante fue ver trabajar de cerca a Raffaella Carrá. Una de las mejores presentadoras que hemos tenido en España, probablemente porque siempre ha contado con la mejor cualidad de la artista todoterreno en un plató de TV: ser escrupulosamente responsable y, al mismo tiempo, tener un punto de imprevisible travesura. Por eso, tal vez, siempre me gustó tanto desde pequeñito. Porque Raffaella juega, aprende e incluso no teme en dar rienda suelta a su humor negro, que da en la diana de la inteligencia cómplice del espectador.

A nivel personal, no estaba muy bien en esos días de grabación de la gala. Estaba ciertamente trastornado porque un pilar que consideraba de mi vida me había decepcionado. O, lo que es lo mismo, tal vez me habían roto el corazón aunque me resistía a admitirlo. Pero, ahí, en ese gran decorado de una gala de mi querida TVE, recordé la importancia de relativizar y disfrutar de todas las oportunidades que se me están presentando en el camino fruto del trabajo tan constante y, a veces, hasta absorbente que he realizado en los últimos años. Relativizar y disfrutar, como hacía Raffaella en esa gala que había aceptado presentar y en la que demostraba exprimir el momento, aunque no fuera con ella. Me apasionó eso. Porque Raffaella no es de esas presentadoras que cuando la cámara no enfoca cambia su rostro y huye hacia algún lugar. No, Raffaella es de esas profesionales que vive hasta los ensayos de los demás. De hecho, yo no pude evitar inmortalizarlo con mi móvil. pues me pareció una gran lección para la historia de la televisión y lo que no es la televisión: ella se quedaba a los pies del escenario para ver la preparación del resto de los artistas. Les escuchaba, les observaba  y hasta bailaba sus temas con una ilusión de primeriza en un plató. Lo vivía, lo sentía, lo disfrutaba.

De Raffaella hay que aprender que la televisión se debe disfrutar, sentir y vivir mientras se hace. Y se ensaya.

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Pues eso. Desde entonces, bailo más en los ensayos de mis aciertos y mis errores cotidianos. Incluso intento no frenar mi sarcasmo cada día. Aunque, bueno, en mi caso, nadie entienda mi humor negro. Tal vez no tengo el punto de la corrosión italiana de Raffaella. Pero ya para siempre podré fardar de haber salido en un crédito de uno de sus programas.  Es lo más cerca que estaré nunca en una pantalla de un icono pop llamado Raffaella Carrá.