Nos pusimos como motos, con la birra y los canutos

La calle Relatores de Madrid esconde el portal en el que habita Sabina. No es ningún secreto, su casa fue epicentro cultural de la otra movida madrileña. Cuando paso por ahí, que paso mucho, miro siempre hacia esta característica puerta de madera y pienso “y si saliera ahora Sabina”. He crecido con su voz, sus canciones y, sobre todo, sus letras. Joaquín Sabina ha sido, durante años, la banda sonora del radiocasette extraíble del coche de mi familia. Y yo, desde el asiento de atrás, me aprendía todas las canciones sin entender muy bien su significado. Incluso las bailaba. Porque yo no cantaba éxitos de Parchís, Miliki o Bom, bom, chip. Yo entonaba a todo volumen: “Nos pusimos como motos, con la birra y los canutos, se cortaron de meterse algo más fuerte; nos hicimos unas fotos de cabina en tres minutos… parecemos la cuadrilla de la muerte”. Las señoras santanderinas no miraban del todo bien a mi madre.

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