Abrázame fuerte

Se apagan las luces del Teatro Principal. El público espera la proyección de una nueva serie de Televisión Española. Estoy Vivo, se llama. El telón se abre. Pero ni rastro de la serie. Hay un piano. Hay un músico. Está Pau Donés. “Ahora, que empiezo de cero. Que el tiempo es humo, que el tiempo es incierto. Abrázame fuerte, amor te lo ruego. Por si esta fuera la última vez”, interpreta. Estamos viviendo (y sintiendo) la más emocionante y sensible apertura de la historia del Festival de Televisión de Vitoria. El tiempo es humo.

Abrázame fuerte.

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Mientras duermes

Hoy me estreno en la radio nocturna. Será tarde, muy tarde. Será con Rosa Rosado, que se pone al frente de La Noche de Cope en los viernes. Aunque la pregunta realmente crucial en mi existencia es: cómo se habla de tele en la radio de altas horas de la madrugada sin sobresaltar a ese dulce oyente que duerme con el transistor debajo de la almohada. Tal vez deba poner voz susurrante. Quizá deba sacar mi lado más libidinoso. O simplemente deba buscar la Cristina Tárrega que todos llevamos dentro. Ejem. No sé, de momento, trataré de ser yo mismo. O, al menos, como siempre, intentarlo. Y, si no me sale, ya probaré a poner voz susurrantemente libidinosa.

Haz el ejercicio o el hipnotizador te sacará

“Haz el ejercicio o el hipnotizador te sacará”, me susurró Lluis al oído en plenos prolegómenos del espectáculo de hipnosis de Astyaro. En efecto, miré a mi alrededor y me acongojé al ver como todo el público estaba haciendo al unísono el puñetero ejercicio de concentración. Todos, absolutamente todos, menos yo. Pero entonces, como pronosticó Lluis, vino el hipnotizador y me dejó completamente frito en el suelo del patio de butacas del Teatro Lara. Bueno, vale, esto último es mentira, sólo quería incorporar un giro dramático. En realidad, en la hipnosis sólo entran aquellos que quieren y, de hecho, el superpoder de Astyaro está en que huye de los manoseados tópicos de los hipnotistas cómicos para realizar un interesante viaje que explica con sensatez, humor y mucha complicidad un estado a priori difícil de entender. Hasta que lo ves o lo sientes. Lluis ya quiere repetir. Eso sí, sólo regresará conmigo “si hago como que hago” el ejercicio hipnótico.

No había nadie en el Estudio 1

No había nadie en el Estudio 1 de Prado del Rey. La última vez que entré en el plató más histórico de nuestra televisión estaba completamente vacío. Ni siquiera tenía decorados instalados y sólo colgaban cuatro o cinco focos de su techo. Pero, antes de partir de Televisión Española, necesitaba despedirme de ese lugar que idolatré de niño, ese lugar en el que las ideas se convertían en realidad. Así que abrí los pulmones, respiré su olor a amianto añejo e incluso imaginé a Pilar Miró, con su severa sonrisa, bajando por la escalera de hierro.  Entonces, presentí que igual en mucho tiempo no volvería a estar bajo ese techo. Quizá nunca más volvería estar bajo ese techo. Miré a mi alrededor, comprobé que seguía solo. Saqué del bolsillo el billete de metro-ligero de esa misma mañana, lo firmé como si fuera yo alguien y lo escondí dentro de uno de los miles de agujeros de la enladrillada pared. No me preguntéis el por qué. Pero lo hice. Supongo que quería dejar algo mío allí antes de volver a mirar a mi alrededor, fotografíar la parrilla de luces e irme por la misma puerta que entré por primera vez.

Mi abuelo tenía un transistor

Mi abuelo tenía un transistor. Un señor transistor de esos grandes, con unas rejillas plateadas y una antena telescópica, que se abría hasta el infinito. Él era de Radio Nacional de España y, probablemente, le fastidiaba que le zapeara en la onda modulada. Pero yo lo hacía, pues ya era de la generación que nació con un mando a distancia bajo el brazo.

Me gustaba jugar con la ruedilla de aquella radio para ir cazando programas, la mayoría engolados, algunos incluso con locutoras muy enfadadas, que me llamaban la atención por su indignación constante con el mundo y que hablaban desde púlpitos que parecían de una alcurnia marciana. Era magnético todo, sí, hasta que un día me paré en un dial en el que se miraba y escuchaba los grandes pero también pequeños detalles que construyen nuestra realidad. Allí me quedé. Aquel programa se llamaba La Radio de Julia y me enseñó que se podía conseguir un magazine interesante y, a la vez, inteligente en una época en la que mandaban otros contenidos mediáticos, más impostados y más atados a las vísceras ajenas. Me enganché a esa radio, que fluía de otra manera, sin necesidad de grandes intensidades musicales ni rimbombancias narrativas.

Ha pasado un tiempo, mucho tiempo, y hace unas semanas tuve la oportunidad de agazaparme en el control de la segunda vida de esa radio con el que tanto me identifiqué, me sigo identificando e hizo descubrir (y querer tanto) la radio a un abducido por la tele.

Y corroboré que Julia en la Onda, Jelo para los más fieles, es un formato que ejemplifica la esencia del porvenir hertziano, aprendiendo de su pasado pero con la intuición suficiente para tomar el pulso a los compases que vienen. Un programa que rompe con clichés y ha dado un impulso a las narrativas radiofónicas, con un lenguaje consciente de su tiempo (algo que es menos habitual de lo que parece en la radio española). Un magazine que escucha, se moja y consigue hacer al espectador partícipe sin medias tintas ni parafernalias.

He ahí el quid de la cuestión: la complicidad que desprende el equipo en emisión y que se mantiene intacta si te cuelas en el control. De hecho, yo llegué para un rato y me quedé todo el programa, ya que pocas veces he estado en un estudio de radio (y ya he pisado unos cuantos) en los que se respire tanta complicidad entre el periodista y el realizador de Jelo. Julia Otero y Joan Quintanilla son pura química. Entienden las necesidades del formato con una intuición abismal y no hay corte de audio (o guasap de oyente) que se les resista. Pero, sobre todo, lo más importante, Otero y Quintanilla en acción evidencian y contagian que están disfrutando de su trabajo. No es baladí, esa es la clave de todo. Y eso tampoco es tan habitual como parece. Y esa es la lección que me llevé.

Con esta visita casual a Onda Cero, cerraba una semana por trabajo en Barcelona que resultó llena de coincidencias mágicas. Y, al salir de la radio, como esa locutora impostada antigua que tanto repelé, me vi plantado en medio de Las Ramblas, con mi mochila a cuestas, cargada de inestabilidades, retos y miedos, pero con las mismas lágrimas de ilusión de aquel adolescente que descubría la radio y que no imaginaba que algún día trabajaría en ella.