Lo que aprendí de un ensayo con Raffaella Carrá

Hace un año tuve la oportunidad de colaborar con Tinet Rubira y su equipo de Gestmusic en la gala de los 60 años de TVE. Mi cometido era algo así como asesorar en lo que se refería al archivo de la gran, innovadora, arriesgada y, a veces, olvidada fructífera historia de nuestra cadena pública. Incluso me peleé con un carro lleno de cintas, en las entrañas del archivo de Prado del Rey. Allí, en el corazón de la televisión española, tuve la oportunidad de descubrir ediciones completas del mítico Escala en Hi-Fi o indagar en lo que hacía María Teresa Campos en las pausas publicitarias de Pasa la vida. Aunque lo más flipante fue ver trabajar de cerca a Raffaella Carrá. Una de las mejores presentadoras que hemos tenido en España, probablemente porque siempre ha contado con la mejor cualidad de la artista todoterreno en un plató de TV: ser escrupulosamente responsable y, al mismo tiempo, tener un punto de imprevisible travesura. Por eso, tal vez, siempre me gustó tanto desde pequeñito. Porque Raffaella juega, aprende e incluso no teme en dar rienda suelta a su humor negro, que da en la diana de la inteligencia cómplice del espectador.

A nivel personal, no estaba muy bien en esos días de grabación de la gala. Estaba ciertamente trastornado porque un pilar que consideraba de mi vida me había decepcionado. O, lo que es lo mismo, tal vez me habían roto el corazón aunque me resistía a admitirlo. Pero, ahí, en ese gran decorado de una gala de mi querida TVE, recordé la importancia de relativizar y disfrutar de todas las oportunidades que se me están presentando en el camino fruto del trabajo tan constante y, a veces, hasta absorbente que he realizado en los últimos años. Relativizar y disfrutar, como hacía Raffaella en esa gala que había aceptado presentar y en la que demostraba exprimir el momento, aunque no fuera con ella. Me apasionó eso. Porque Raffaella no es de esas presentadoras que cuando la cámara no enfoca cambia su rostro y huye hacia algún lugar. No, Raffaella es de esas profesionales que vive hasta los ensayos de los demás. De hecho, yo no pude evitar inmortalizarlo con mi móvil. pues me pareció una gran lección para la historia de la televisión y lo que no es la televisión: ella se quedaba a los pies del escenario para ver la preparación del resto de los artistas. Les escuchaba, les observaba  y hasta bailaba sus temas con una ilusión de primeriza en un plató. Lo vivía, lo sentía, lo disfrutaba.

De Raffaella hay que aprender que la televisión se debe disfrutar, sentir y vivir mientras se hace. Y se ensaya.

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Pues eso. Desde entonces, bailo más en los ensayos de mis aciertos y mis errores cotidianos. Incluso intento no frenar mi sarcasmo cada día. Aunque, bueno, en mi caso, nadie entienda mi humor negro. Tal vez no tengo el punto de la corrosión italiana de Raffaella. Pero ya para siempre podré fardar de haber salido en un crédito de uno de sus programas.  Es lo más cerca que estaré nunca en una pantalla de un icono pop llamado Raffaella Carrá.

Lo que me descubrió mi abuela de Julia Otero

“Mira a esta presentadora”, me dijo un día mi abuela, Arselina, mientras comíamos: “su forma de mirar, su forma de preguntar e incluso su forma de coger las tarjetas… es especial”, añadió. Se estaba refiriendo a Julia Otero que por aquel entonces se había estrenado al frente de un magacín-concurso llamado 3×4. Más de 25 años después, mi abuela no recuerda que dijo tal cosa, pero a mí se me quedó marcada en la memoria su descripción del carisma televisivo, descripción que tantas veces me ha servido en mi trabajo. Gracias a mi abuela, empecé a mirar la tele de otra manera y, de ahí, también surgió un vínculo referencial con Julia Otero que me llevó a descubrir, poco tiempo después, la radio. La mejor radio. Lo reconozco, durante la carrera, llegué a tener colgado en mi cuarto de la Residencia de Estudiantes un póster de Julia Otero. Vestida con traje de chaqueta, por supuesto. Un póster promocional de su espacio en Onda Cero, La Radio de Julia, en el que se recordaba la importancia de creer en la inteligencia del espectador. Otra máxima que me ha ido acompañando en mis vaivenes profesionales en estos años. Hace unos días, me invitaron a participar en Julia en la Onda. Me dio vértigo por la carga sentimental, pero lo disfruté como la primera vez que hablé en la radio y porque, al otro lado del transistor, sabía que estaba mi abuela -orgullosa- escuchando.

Se me acercó una persona

El otro día, al final de un acto, se me acercó una de las personas que más admiro de la televisión, de su presente y de su historia. Me puse nervioso. “Está mirando hacia aquí”, pensé. Entonces, entonó mi nombre y un “me ha reconocido” resonó en mi cabeza. Nos dimos un tímido abrazo y, de repente, me dijo entusiasta que seguía “mucho mi trabajo”. “No, soy yo el que sigo mucho tu trabajo”, respondí. Me sentí en el mundo al revés. Me hice muy muy muy pequeño y, en ese instante, me vi a mí mismo de adolescente imaginado gracias a su forma de entender, hacer y crear televisión. Ahí me di cuenta de que, en eso, no he cambiado tanto.

Detrás de Calimero

Nunca sale en fotos, pero yo le he robado una. Y ha sido en la puerta de un estudio de televisión. No podía ser de otra manera, porque a Calimero y a mí nos gusta caminar juntos por la ciudad: hablando de tele, delirando sobre la crisis de los 35, comiendo chocolate y, sobre todo, buscando (y encontrando) platós. Platós grandes o pequeños, nuevos o viejos, reales o imaginarios. Twitter nos unió. Virtualmente me parecía un personaje antipático, demasiado hater y algo cabezota. Un eurofanático con el seúdonimo de Calimero. Pero, el día que tuve la puñetera suerte de conocerle, me di cuenta de que era una persona diferente, un profesional del medio con grandes ideas de las que aprender. Arquitecto, especializado en escenografía, su trabajo será un salvavidas para la televisión más creativa. La tele necesita gente con su talento, perseverancia y visión. Mientras llega el momento de ese gran salto, yo sigo aprendiendo de él. Ahora sólo me falta dejar de decirle Calimero y empezar a llamarle por su nombre, Javi.

Nos pusimos como motos, con la birra y los canutos

La calle Relatores de Madrid esconde el portal en el que habita Sabina. No es ningún secreto, su casa fue epicentro cultural de la otra movida madrileña. Cuando paso por ahí, que paso mucho, miro siempre hacia esta característica puerta de madera y pienso “y si saliera ahora Sabina”. He crecido con su voz, sus canciones y, sobre todo, sus letras. Joaquín Sabina ha sido, durante años, la banda sonora del radiocasette extraíble del coche de mi familia. Y yo, desde el asiento de atrás, me aprendía todas las canciones sin entender muy bien su significado. Incluso las bailaba. Porque yo no cantaba éxitos de Parchís, Miliki o Bom, bom, chip. Yo entonaba a todo volumen: “Nos pusimos como motos, con la birra y los canutos, se cortaron de meterse algo más fuerte; nos hicimos unas fotos de cabina en tres minutos… parecemos la cuadrilla de la muerte”. Las señoras santanderinas no miraban del todo bien a mi madre.

Ponte en la foto, eres uno de los nuestros

Ponte en la foto, eres uno de los nuestros. Me soltó Loreto Pérez, del equipo de Prointel, la primera productora creada en la televisión en España, la productora de Chicho Ibáñez Serrador. Y me puse en la foto, claro. Aunque ya sabéis que yo no sé posar en las fotos. Más aún si estoy con gente a la que respeto. Pero posé. Incluso sonreí. Un poquito, sin pasarse, con lo que yo desconfío de la gente que ríe intensa en las fotos. Pero, esta vez, me salió media sonrisa. Tal vez de felicidad. Tal vez porque aún estaba levitando, pues acababa de ver El hombre que vendió su risa, obra con la que un desconocido Serrador conquistó a los responsables de TVE a principios de los sesenta. Y a mí, de nuevo, me conquistó el maestro de la creatividad fantástico-realista. Una vez más, Chicho Ibáñez Serrador me hizo pensar. Y, siete días después, sigo pensando.

[[mi reseña sobre ‘El hombre que vendió su risa’ en lainformacion.com]]

Al final del túnel esperé a Gabilondo

Al final de este túnel esperé a Gabilondo. Venía a grabar una entrevista para unas píldoras que salpicaban la gala musical de celebración de los 60 años de TVE, en la que colaboré el pasado año. Ahí estaba yo, en el ajado pasillo de un plató escondido en el corazón de Chamberí, aguardando la llegada del maestro de periodistas. Y llegó. Y fui en su búsqueda. Y, entonces, viví una estampa que no olvidaré fácilmente, pues describe lo que significa Gabilondo para esta España nuestra. Inaudito, el taxista salió del taxi para despedir a su cliente y, como colofón, le dio un apretón de manos con una transparente emoción que desprendía respeto y admiración. Había conducido para Iñaki, Iñaki Gabilondo.

Enérgica Paula

Se llama Paula Hernández García, aunque en un incontrolable ataque creativo decidió rebautizarse como Paula Hergar. Sí, Her(nández)-Gar(cía). Nombre artístico compuesto, al estilo de un buen bar de barrio de los setenta, para una compañera de Vertele que vino un día como invitada a un programa de radio que hacíamos y terminó quedándose. Quedándose para siempre, pues yo no pienso dejar escapar la refulgente energía que siembra Paula allá por donde pisa. Ella que no coge el micrófono como el resto, ella que no pregunta como los demás, ella que se tira de cabeza a las ideas que se nos ocurren, ella que ejemplifica el tener actitud. Esa es la palabra, actitud. Y con su actitud se comerá el mundo. Ya lo hace en Vertele, en Los 40 Principales, en nuestras Historias de la tele y, desde mañana, lo hará con Nuria Roca, en TV3. Con Paula cerca, la vida es más efervescente. Y ya si aprendemos de su actitud, seremos la repanocha.

Abrázame fuerte

Se apagan las luces del Teatro Principal. El público espera la proyección de una nueva serie de Televisión Española. Estoy Vivo, se llama. El telón se abre. Pero ni rastro de la serie. Hay un piano. Hay un músico. Está Pau Donés. “Ahora, que empiezo de cero. Que el tiempo es humo, que el tiempo es incierto. Abrázame fuerte, amor te lo ruego. Por si esta fuera la última vez”, interpreta. Estamos viviendo (y sintiendo) la más emocionante y sensible apertura de la historia del Festival de Televisión de Vitoria. El tiempo es humo.

Abrázame fuerte.

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Mientras duermes

Hoy me estreno en la radio nocturna. Será tarde, muy tarde. Será con Rosa Rosado, que se pone al frente de La Noche de Cope en los viernes. Aunque la pregunta realmente crucial en mi existencia es: cómo se habla de tele en la radio de altas horas de la madrugada sin sobresaltar a ese dulce oyente que duerme con el transistor debajo de la almohada. Tal vez deba poner voz susurrante. Quizá deba sacar mi lado más libidinoso. O simplemente deba buscar la Cristina Tárrega que todos llevamos dentro. Ejem. No sé, de momento, trataré de ser yo mismo. O, al menos, como siempre, intentarlo. Y, si no me sale, ya probaré a poner voz susurrantemente libidinosa.